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La caída de la civilización Occidental como esperanza para un mundo multiespecie.

por Paco Ayala



La Sociedad Industrial de Consumo opera desde el extractivismo de recursos naturales y desde la disolución de las comunidades donde éstos recursos se asientan. La gran mayoría de los pueblos del mundo tal y como lo conocemos actualmente no operaban desde ésta lógica de acumulación y división con la naturaleza, ésta concepción, si bien es cierto fue desarrollándose a lo largo de muchos siglos, no era visible en otros procesos de desarrollo cultural. Es en Occidente donde podemos encontrar las raíces del desencuentro con la natura y si bien es cierto que trazar con precisión las causas es una tarea de investigación histórica ardua y compleja, si podemos por lo menos ubicar algunos hechos históricos fundamentales que sentaron las bases de la ruptura a través de la dualidad que occidente generó.


La primera la podemos encontrar en el momento donde el monoteísmo surgió para desbancar a un sistema de creencias politeístas donde diosas y dioses se entremezclaban dando voz a las fuerzas de la naturaleza para simbolizar nuestras creencias. El monoteísmo desplaza de lleno a la Gran Diosa para darle paso al Rey Solar y a la raíz Patriarcal que comenzó a tomar el poder y a desdeñar al sagrado femenido dentro de las ecuaciones del poder social, económico y político.


La segunda, la encontramos cuando el Helenismo Griego desplaza a los filósofos de la naturaleza para dejar que la Razón y sus mecanismos hermenéuticos signaran las relaciones de poder y comenzarán a construir un nuevo orden político y social basados en el discurso socrático, platónico y aristotélico.


Justo cuando el monoteísmo y el Helenismo Griego se encuentran, la chispa del pensamiento occidental comienza a florecer y a expandirse por Europa y es entonces cuando el tercer elemento aparece: Roma.


Roma y su dominio político-jurídico-militar ejerce en toda Europa, Medio Oriente y Norte de África una influencia de gran relevancia para imponer un pensamiento que hasta nuestros días es un eje institucional con enormes repercusiones. El poder de Roma avasalló a pueblos enteros, dominó de manera aplastante a todas las civilizaciones de la región y borró del mapa (Cártago) a quienes la desafiaron. No se trató solamente de victorias militares y territoriales, fue ante todo una victoria cultural, filosófica-política. 


El cuarto elemento fue sin duda el surgimiento del Islam, la tercera religión teosófica que si bien enfrentó al poder de Roma y al Cristianismo triunfante, era una estructura de pensamiento bifronte, es decir, dos caras de un mismo rostro que aún en nuestros días continúan en su disputa eterna por sostener cuál religion monoteísta es la verdadera. 


El quinto elemento es la entrada del mundo medieval que con en el peso de su oscurantismo religioso permitió la homogeneización del pensamiento cristiano en Europa, la consolidación del Vaticano como núcleo religioso dominante y sostenida con estructuras de poder centralizadas en monarquías vinculadas por linajes basados en un férreo poder político-espiritual. 


El sexto elemento fue la irrupción del Renacimiento que renovó las artes y las técnicas en amplios ámbitos del conocimiento, reinterpretando el idealismo platónico y las hermenéuticas aristotélicas para dar paso a un giro fundamental que fue el paso del Paradigma Teocrático hacia el Paradigma Cartesiano, el Racionalismo que permitió que la Civilización Occidental se consolidara como pensamiento hegemónico mundial. Este séptimo elemento, el Racionalismo dio paso a la Revolución Industrial y al dominio no sólo económico de Occidente, sino al hecho de lograr la dominación colonial con sus pesados costos humanitarios y naturales en todo el mundo.


Si bien lo que se conoce como “el descubrimiento de América” posibilitó que el dominio Occidental se fortaleciera, no es un elemento causal para el desarrollo del pensamiento Occidental, sino más bien aquí es donde se pueden apreciar los efectos definitorios de la hegemonía impositiva de ese pensamiento porque la “civilización cristiana” cayó como un pesado fardo en una región que había cultivado un pensamiento totalmente distinto al de Occidente. En las tierras del Abya Yala, en los confines del Anáhuac, en los parajes de Ixachitlán, en las superficies de la Isla Tortuga o en la concepción de la Pachamama, otra visión del mundo se entrelaza con los habitantes de esas culturas, donde “tomar de la naturaleza sólo lo que era necesario” y pedir permiso a los seres sintientes y a los territorios,  era una condición de respeto para los parabienes entregados por las distintas deidades, el concepto de propiedad privada era algo tan absurdo que jamás lo desarrollaron, pues nadie puede poseer las tierras, las aguas, los montes y los astros que son dados por un orden cósmico cíclico. Por ello, no son los seres humanos los causantes de este espantoso desastre en el que hoy en día nos debatimos, sino una visión impuesta desde Occidente, por el hombre blanco paneuropeo que ejerció sobre los confines del planeta una visión basada en la extracción, la acumulación y la avaricia. 


Estos tiempos nos reclaman volver a reencontrarnos con la naturaleza, a apreciar nuestro rol no como un ser dominante, centro del universo cósmico-religioso, sino como una parte más de un ecosistema multiespecie donde los equilibrios con la naturaleza se vuelquen en intercambios basados en soluciones armónicas, donde la acumulación de bienes no sea más el centro del desarrollo económico y del auge de las artes y la cultura. 


Si no transitamos hacia una visión integral, hacia un pensamiento sistémico y hacia relaciones basadas en la armonía con la naturaleza, nuestra especie está condenada a la extinción. 


T-Lía: Texto Libre de Inteligencia Artificial

 
 
 

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