La Paz es el Camino
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Por Paco Ayala
En un mundo en constantes guerras y conflictos cabe reflexionar sobre si en verdad esto obedece al hecho de que nuestra esencia como especie es así, guerrerista, conflictiva y destructiva, un ritual encarnado desde nuestro origen y que por lo tanto, no hay dentro de nosotros, como esencia ontogénica, el sentido profundo de la paz, sino que ésta, si bien nos va, puede florecer a partir de cultivarla en el interior de nosotros.
Bajo ésta premisa, la guerra nace con nosotros como un medio de sobrevivir y enfrentar la otredad, el otro que amenaza mi existencia, mientras que la paz es un acto cultural que se genera a partir de una toma de consciencia que hay que cultivar. La guerra es nata, la paz es un constructo cultural.
Dentro de esta lógica de pensamiento, la guerra es resultado de nuestro miedo a la muerte, de esa pulsión que dirige nuestra existencia de manera inexorable hacia thanatos, lo que Freud describió como un impulso a la autodestrucción y, por lo tanto, está arraigada en lo más profundo de nuestra psique.
A decir de Gustavo Dessal, la guerra, “no es un accidente, un desorden de la naturaleza humana, sino un ingrediente inevitable de esa naturaleza” , por lo tanto, no es un constructo cultural, sino que es resultado de una respuesta que está fincada en nuestro inconsciente y que se ha manifestado a lo largo de todo nuestro devenir en la historia.
De hecho, estoy parcialmente de acuerdo con esta tesis, pues la historia no hace más que reafirmar que nuestra naturaleza está preñada de este impulso hacia la destrucción, de aniquilar lo que me rivaliza y amenaza mi subjetividad pero también estoy convencido que dentro de nosotros, el impulso hacia la trascendencia, hacia Atman, es una fuerza igual de poderosa que esa pulsión a la muerte que está enraizada en nuestro inconsciente.
La psicología transpersonal puede darnos luz para analizar este dilema que durante milenios ha sido objeto de múltiples reflexiones y debates. El ser humano camina inexorablemente hacia la trascendencia, como bien lo enseñan las grandes tradiciones místicas y espirituales, sin embargo, este camino no es fácil y conlleva enormes sufrimientos personales y colectivos, porque el desarrollo necesario para elevar la consciencia es un trabajo arduo, fundamentalmente personal, pues requiere disciplina y constancia. Ahora bien, el camino del desarrollo de consciencia colectiva lleva su propio ritmo y después de miles de años podemos encontrar las huellas de esa transformación, los “arqueólogos” de la consciencia han podido descifrar los procesos evolutivos a través de los cuales tanto los individuos como la humanidad en su conjunto, hemos ido avanzando hacia niveles superiores de consciencia, pasando de el Estadio Pre.Personal al Estadio Personal y, para el caso de algunos individuos, al Estadio Transpersonal, espacio al cual aspiramos como humanidad a llegar en algún momento a desplegar nuestro aliento trascendente.
Si "cada guerra es una destrucción del espíritu humano", como lo decía Henry Miller, podemos, por lo tanto, aseverar también que la paz es la manifestación del encuentro trascendente con el ser espiritual que habita en nosotros y, por lo tanto, si la guerra habita en nuestro inconsciente, entonces la paz se despliega en nuestra consciencia trascendente, así pues, la guerra y la paz están dentro de nosotros, ambas son un impulso, hacia la desintegración o hacia la integración, hacia la autodestrucción o hacia la unión con el Todo.
Los Cuáqueros tienen una frase que me parece muy potente, dicen: "Un enemigo es alguien cuya historia no hemos escuchado" y seguramente es así, porque justamente la guerra nace de no escuchar lo que el otro quiere, lo que el otro busca y sueña y por lo tanto, lo que el otro mira, por ello, es necesario mirarnos a los ojos, porque al hacerlo el fractal que nos refleja transmite las sombras o la luz que somos y seguramente, muchos a los que creemos nuestros enemigos, reflejarán su luz en nuestra mirada, porque las sombras, que existen, no pueden prosperar cuando la luz despliega su halo trascendente.
Hoy es necesario reflexionar sobre la famosa frase de Gandhi quien dijo que “no hay camino hacia la paz, la paz es el camino”, es un sendero que habita dentro de nosotros, que debemos verlo cuando nos miramos en un espejo y observamos en la profundidad de nuestras pupilas quienes somos, como también lo hacen las plantas maestras cuando actúan con su sabiduría primigenia para revelar las luces o sombras que nos constituyen, para así tener una puerta hacia la sanación, porque si de algo estoy convencido, es que la magia de las plantas existe y éstas nos ayudan a mirarnos en nuestro interior para ver los abismos de nuestro inconsciente, donde tienen lugar las sombras, los arquetipos anclados en nuestra arcaica psique y donde los arcanos de tiempo pretéritos nos recuerdan nuestro ser encarnado; pero también, las plantas sagradas nos hacen mirar hacia la luz que somos, nos revelan el impulso trascendente que deambula como un celador que enciende el faro para alumbrarnos el sendero que nos abre el portal que conduce a la unión con el Todo, que en definitiva es la paz profunda, eterna.
Y también opino que hay que labrar la paz con justicia y dignidad.
(T-Lía: Texto libre de inteligencia artificial)




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